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jueves, 1 de octubre de 2015

LOS VASCOS EN LA LITERATURA ARGENTINA

"LOS VASCOS" EN ALBERTO NOVIÓN


Alberto Novión, comparte el ser vasco por haber nacido en Baiona / Bayonne, en el territorio histórico de Lapurdi  y el haber desarrollado su obra en la Argentina, razón por la cual se lo considera una persona destacada de ella. 

Fue escritor de obras de teatro y zarzuelas, era vasco y nació en  Baiona / Bayonne,  territorio histórico de Lapurdi, en el año 1881. Luego,  junto con su familia se trasladó a Montevideo y finalmente se instaló en Buenos Aires.

El ambiente en que se formó y desarrolló como escritor nos remite necesariamente a un recuerdo: era primo del escritor y poeta Florencio Iriarte.

De su primera obra estrenada se desconoce el nombre aunque si es sabido que fue en 1904 y que en la actuación participó el reconocido autor Florencio Parravicini.  

Tiempo después estrenó en el Teatro Nacional, “Rosario”.  La siguiente fue “Jacinta”, que contó en su elenco con la interpretación de J. Podestá.

Su producción es  por demás extensa y variada y refleja de manera especial la vida de la gente humilde y  en el campo. Entre sus obras más reconocidas se encuentran “La Chusma” , “La Caravana”, “Don Giacumín” y “Don Chicho”.  Todas ellos corresponden a la etapa de transición entre el sainete y el grotesco criollo.

También son obras suyas, "Bendita seas", "En un burro tres baturros", "El vasco de Olavarría", "Misia Pancha la Brava", "El rincón de los caranchos", "Cuidado con los ladrones", "Cañuto Cañete conscripto del 7", "Don Chicho", "Yo ir a Mar del Plata", "La tapera", entre muchas otras. 

No llegó a ver el estreno de "El corazón en la mano", obra que llevó al escenario, en Paris, Luis Arata, en el año 1938.


Su obra “En un burro tres baturros” fue llevada al cine. A través de este enlace podremos verla, dividida en dos vídeos.





Para algunas de ellas escribió versos y tangos. Así nacieron “Pavadas”, “Tierra mía” y “El tango de la muerte”. Esto lo acercó a los cantantes de tango de la época.

Así mismo podremos escuchar “El Tango de la Muerte” en la voz de Carlos Gardel.



El 25 de noviembre de 1937 murió en Buenos Aires. 

Para finalizar compartiremos a continuación un texto muy interesante, extraído de “Inmigración y Literatura: los vascos” en los que su autora, la investigadora María González Rouco,  se refiere a Alberto Novión y su obra "El Vasco de Olavarria" :


“Alberto Novión,  (…) ha creado varios personajes inmigrantes; recordemos a los italianos en La cantina y Primeros fríos. Para lo comedia en tres actos presentada en el Politeama, se inclinó por un vasco, al que dota de muchas condiciones buenas y pocos defectos.

La anécdota es escueta y sabrosa: un hombre vive con su mujer y su hijo en Buenos Aires. Su hermana, a quien hace veinte años que no ve, le anuncia que irá a visitarlo. Viene del campo, de Olavarría, donde vive con su marido vasco y sus dos hijos. La visita de los parientes causa desagrado a la cuñada, quien espera lo peor de esta familia, a la que supone grosera y rústica. Más tarde, se dará cuenta de que estaba prejuzgando, y tendrá que aceptar que su hijo, estudiante de Abogacía con pretensiones de diplomático, se case con la prima del campo.

La cuñada del vasco pregunta a su marido cómo ha hecho este hombre para juntar tanto dinero. El marido le responde: "como tantos otros, la mayoría de nuestros vascos, trabajando honradamente. Este es de los buenos, de los grandes y fuertes, porque sabe romper la tierra, tirar el grano y mirar de frente al sol.".

Novión  alude también al empecinamiento del inmigrante, quien afirma: "cuando a un vasco se le pone algo en la cabeza, no hay familia, razones, ni el demonio a cuatro, que lo haga salir del camino que ha agarrao...". Quizás en esta fortaleza de carácter radique su posibilidad de prosperar en un país hospitalario. La mujer del vasco coincide con él en que es empecinado, pero se lo dice con un sentido reprobador: "los vascos, por más macanas que hagan tienen razón". Es risueña la imagen que aporta el hijo de ambos, quien asevera que cuando "el viejo hace una macana, aunque le peguen en el suelo no da su brazo a torcer". El vasco está orgulloso de ser quien es y, cuando lo desairan, dice que se lo han hecho a él, "al vasco de Olavarría, que tiene nada más que pegar una patada en el suelo y salen todos disparando como en Cagancha".

Pero el vasco, así como es tenaz y arrogante, es también un hombre sensible. Por boca de su hija sabemos cuánto echa de menos su tierra de origen: "papá -dice la joven-, a pesar de que ya está viejo y que ha formado en esta tierra su hogar, su hogar, su fortuna, su tranquilidad; viera Ud. cuántas veces lo he sorprendido cantando bajito los aires de su tierra natal, y cuántos suspiros, mensajeros de muchos besos, han ido desde sus labios hasta sus montañas, para morir en los muros de su casa, allá en la aldea de la falda"



Novión nos da la posibilidad de conocer la compleja relación que se dio entre nativos e inmigrantes y, en esta pieza en particular, entre citadinos y campesinos, pues en ella se advierten resonancias del "menosprecio de corte y alabanza de aldea" que tantas páginas motivó en la literatura de diversas épocas.”

domingo, 27 de septiembre de 2015

LOS VASCOS EN LA LITERATURA ARGENTINA

LOS  VASCOS  EN 
LEOPOLDO  LUGONES




En esta ocasión veremos la referencia que hace a los vascos el escritor argentino de novelas, poesía, ensayos y cuentos, Leopoldo Lugones. 

Para ubicarnos espacial  y temporalmente, diremos que nació el 13 de junio de 1874 en la ciudad cordobesa de  Villa María del Río Seco,  y murió el 18 de febrero de 1938, en la localidad bonaerense de Tigre. 




Imágenes antiguas de lecheros
en el centro de Buenos Aires












En su "Oda a los ganados y las mieses" canta al vasco vendedor de leche, que como ya vimos en la nota anterior, era la actividad con que se asociaba por aquel entonces a los inmigrantes provenientes de Euskal Herria 

En ella dice: 


 ¡ Oh alegre vasco matinal, que hacía
Con su jamelgo hirsuto y con su boina
La entrada del suburbio adormecido
Bajo la aguda escarcha de la aurora ! 
Replicaba en los tarros abollados
Su eclógico pregón de leche gorda, 
Y con su rizo de humo iba la pipa
Temprana, bailándole en la boca, 
Mezclada a la quejumbre del zorzico
Que gemía una ausencia de zampoñas. 
Su Cuarta liberal tenía llapa, 
Y su mano leal y generosa, 
Prorrogaba ka cuenta de los pobres
Marcando tarjas en sus puertas toscas. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

EN EL DÍA DE LAS BIBLIOTECAS POPULARES 


La Torre de Babel de Libros,
Buenos Aires, año 2011


Cada 23 de septiembre se celebra  en la Argentina el Día de las Bibliotecas Populares. 

Fue precisamente un día como el de hoy, en el año 1870, que se promulgó la Ley N.º 419, que establecía la creación de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares (actual CONABIP). 

La iniciativa, fue impulsada por Domingo Faustino Sarmiento, y tenía como fin el desarrollo de estas instituciones, con el fin de difundir el libro y la cultura.

En la actualidad existen en el país más de 2000 bibliotecas populares.

Como celebración de este día les proponemos la lectura de un cuento de Jorge Luis Borges.



La biblioteca de Babel

(El jardín de senderos que se bifurcan (1941; Ficciones, 1944)

By this art you may contemplate the variation of the 23 letters...

The Anathomy of Melancholy,part. 2, sec.
      ii, mem. iv


      El UNIVERSO (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. 

         La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos.

         Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

         Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. 

         Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

         A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

         El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

         El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice Oh tiempo tus pirámides. Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

         Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables M C V no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podia influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior[2] dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. 

         También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado:No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. 

         De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

         Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

         También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales,inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

         A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

         Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

         También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás:algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. 

         Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece ínverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total[3]; ruego a los dioses ignorados que un hombre—¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!—lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

         Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de "la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira". Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. 

         En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres

                                                              dhcmrlchtdj

         que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos—y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

         La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana—la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

         Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar—lo cual es absurdo. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

Mar del Plata, 1941


miércoles, 16 de septiembre de 2015

LOS "VASCOS" EN LA LITERATURA ARGENTINA

LOS  "VASCOS"  EN 
BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO



Distintos autores se han referido a los vascos y vascas en la literatura argentina. El día de hoy nos abocaremos a Baldomero Fernández Moreno.

A modo presentación del autor, diremos que nació en la ciudad de Buenos Aires, el 15 de noviembre de 1886. Su padre era natural de Bárcena de Cicero, Cantabria y su madre, de Bocigano, Guadalajara. 

Si bien en 1892 partió con su familia a Bárcena de Cícero, a los pocos años volvió al Río de la Plata, estableciéndose primero en Montevideo y posteriormente en Buenos Aires.


Al concluir sus estudios secundarios ingresó a la Facultad de Medicina, en la que se recibió de médico.

Paralelamente a su etapa de estudio y su  dedicación a la medicina escribió poesía y llegó a ocupar cargos de responsabilidad en instituciones dedicadas a la literatura.

En relación con su obra, los estudiosos de la misma destacan sus versos cuidados y sencillos, guardando un especial cuidado de la palabra y una lírica emotiva. Consideraba que si una persona se permite ser poeta, puede convertir todo en poesía sea lo que fuera el motivo de su inspiración.


LA PRESENCIA VASCA

A partir de mediados del  XIX llegaron a la Argentina gran cantidad de vascos. Muchos de ellos se volcaron a la actividad lechera. Nace de ese modo la identificación del vasco con  el tambo, la producción de leche  y su reparto. 


Lechero vasco en su tambo

También fueron los encargados de organizar su comercialización y la inclusión de dos novedades: el llamado “carrito repartidor”, que contaba con un mecanismo que permitía batir la crema de leche, llegando a convertirla en manteca. Así mismo crearon los “tambos ambulantes” que consistía en la venta de la leche al pie de la vaca, que se ubicada por ello frente a la casa del cliente.


Lechero al pie de la vaca. 

Al finalizar el recorrido los lecheros vascos se reunían en alguna fonda o pulpería. Allí tomaban un trago, jugaban a la pelota o al mus.

Nos pareció importante hacer esta referencia, para comprender el por qué, en la literatura argentina aparece el vasco identificado con su trabajo de lechero.


LOS VASCOS EN BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO

Es por ello que en su "Guía caprichosa de Buenos Aires",  Baldomero Fernández Moreno incluyó la página:  "El vasco lechero en el café”. En ella hace la siguiente descripción de un vasco diciendo :


 " ... he aquí que al hilo del mostrador aparece un vasco lechero, la cara rosada, con dos parches más rojos pegados en las mejillas, la boina encasquetada, la blusa rizada, que no todo ha de ser fortaleza y agresividad; las piernas combadas, las alpargatas silenciosas, y el tarro en la mano como si blandiera un arma o un guijarro listo para ser proyectado en la cara lisa y cosmopolita del barman. Y con el vasco lechero entra también el campo, un aire duro y frío y un trébol. Un trébol precisamente que se labra un espacio verde en el ambiente gris y que yo veo con toda nitidez" (1).



(1)  Fernández Moreno, Baldomero: "El vasco lechero en el café", en Fernández Moreno, Baldomero:Poesía y prosa. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

jueves, 10 de septiembre de 2015

LA EMIGRACIÓN A AMÉRICA EN LA LITERATURA VASCA

"ELIZABIDE EL VAGABUNDO", DE PÍO BAROJA


Distintos escritores han plasmado en sus obras las vivencias y la vida de los vascos y vascas en América. 

Uno de ellos es Pío Baroja. En este caso, nos acercaremos a él a través de una grabación que nos permitirá compartir, y seguramente disfrutar de  su cuento "ELIZABIDE EL VAGABUNDO". 



"Elizabide el vagabundo" es parte del libro "Cuentos". 

martes, 8 de septiembre de 2015

GRAFÍA VASCA 


Bajo el título Grafía Vasca, la Enciclopedia Auñamendi desarrolla un tema por demás interesante, al que accedemos en este caso a través de la página de Eusko Media. Es de allí de donde hemos extraído el texto que reproducimos a continuación, para su lectura.





















Origen y existencia

Literatura oral y pueblo ágrafo
El pueblo vasco, considerado por la mayoría de los prehistoriadores y antropólogos, como uno de los más viejos de Europa, ha poseído y posee una de las lenguas preindoeuropeas más antiguas y vivas del continente. Así lo han confirmado autores tan reconocidos y prestigiosos como Bosch-Gimpera, René Lafon, Luis Michelena y José Miguel de Barandiarán. Todos hacen suya la aseveración de que "podemos desde luego afirmar que la lengua vasca existía ya, en forma que desde luego no conocemos, hace tres mil años, antes de la expansión de los indoeuropeos" (Antonio Tovar, 1959).
Dicho pueblo, rico en literatura oral, no ha contado sin embargo con una literatura "culta" fijada por la imprenta hasta el siglo XVI, en que Bernart Etxepare escribió en 1545 su "Linguae Vasconum Primitiae". De ahí que Luis Michelena asegure que la literatura culta escrita es comparativamente inferior a la oral. Michelena críticamente habla de una literatura escrita tardía, escasa y de no muy alta calidad. Santiago Onaindía, en cambio, a través de su historia en siete volúmenes pretende demostrar las riquezas y abundancia de esta literatura. Michelena señala que la literatura popular vasca, esencialmente oral, es probablemente tan rica y tan variada como la de cualquier otro pueblo, y puede remontarse cuanto menos a la Edad Media y a época tardorromana.
En medio de estas coordenadas socioculturales literarias, habrá también que situar el tema de la Grafía Vasca, fenómeno que se produce en un pueblo ágrafo, no por lesión cerebral, como lo define el Diccionario de Lengua Española Everest, sino por condicionamientos socio políticos de toda índole que no conviene olvidar tampoco en este tema. El hecho de que el euskera no haya llegado nunca a ser la expresión total del pueblo, condiciona grandemente el cultivo escrito y literario de esta lengua. La lengua vasca ha estado históricamente apartada de la vida oficial y pública, sin entrada en la administración. El euskera ha vivido en una situación diglósica, de inferioridad, como asegura el sociolingüista Juan M ª Torrealday, lo que puede explicar en parte muchos de los comportamientos existentes también en torno a la Grafía Vasca.
El euskera es lengua "antigua" pero igualmente utilizada de forma válida en la vida de una sociedad industrial y urbana, asegura el historiador de la lengua Joseba Intxausti. Goza de un status oficial reconocido (aunque recientemente) pero falta mucho para que alcance la normalidad social deseada.
Grafía, existencia y negación de la misma: endogenismo y exogenismo
Pero ¿existe realmente una Grafía Vasca?, ¿los vascos poseen un modo propio de escritura y de grafía peculiar que los distingue e identifica entre el resto de los pueblos de Europa y entre las grandes familias tipográficas surgidas tras la revolución de la "Galaxia Gutenberg" en el siglo XV? Parece ser que estas cuestiones teóricas en torno a la existencia y características del "Arte Vasco", del "Arte Decorativo Vasco", y de la "Grafía Vasca" surgieron y se pusieron de moda en las primeras décadas del siglo XX que coinciden con el llamado Renacimiento Vasco (Euzko Pizkundea) que se desarrolló entre los años que van desde la última Guerra Carlista (1876) hasta la Guerra Civil (1936). Como consecuencia de las Guerras Carlistas, los últimos derechos forales se pusieron en entredicho por lo que el País Vasco comenzó una lucha denodada por la preservación de su identidad nacional y la reivindicación de su conciencia lingüística.
Pero la existencia o no de la Grafía Vasca hay que situarla con anterioridad en el tiempo, como luego veremos, en una breve y rápida excursión histórica y muchas veces ha sido aceptada o combatida desde posiciones estrictamente ideológicas más cercanas al mundo de la política que al de las artes plásticas o las puramente decorativas y funcionales.
Al primer gran ensayo sobre el "Arte de escribir u ortografía de la pluma" y "Calígrafos vascongados" de Carmelo de Echegaray de 1908, le sucederán "L'art basque ancien. Architecture. Décoration. Ferronnérie" de Phillipe Veyrin de 1926, los diversos estudios de Louis Colas sobre ornamentación y simbologías vascas de la década de los 20, los estudios del V Congreso de Estudios Vascos sobre Arte Popular (1930), y las obras de diversos investigadores y recopiladores como Estornés Lasa (1930), Pedro Garmendia (1933), Jon y Pablo Zabalo (1941). Más recientes son los estudios de investigadores tan prestigiosos y reconocidos como José Miguel de Barandiarán (1930, 1934, 1960) y Julio Caro Baroja (1958).
Pedro Garmendia en su "Arte Decorativo Vasco" es quien asegura que "se ha discutido mucho y se discute todavía, sobre si existe o no, un Arte Vasco, una Decoración Vasca y una Grafía. Esta discusión -añade- parece sin importancia, pues no puede resultar sino de una sencilla confusión, muy frecuente todavía, entre el Arte y el Arte Popular" (pág. 144).
Garmendia, que es un defensor de la especificidad de la Grafía Vasca, indica que "con el estudio de la epigrafía en inscripciones de sepulturas, dinteles, etc., se llegaría con seguridad a una clasificación de letras que se pueden considerar como particularmente vascas, a algunas de las cuales se les puede encontrar su origen en los siglos XI y XII" (pág. 149).
En el lado opuesto habría que situar a estudiosos como Juan Sanmartín, que asegura "no existe un arte popular estrictamente autóctono. Cuando se dice arte popular de un pueblo determinado, se alude a un conjunto de peculiaridades en el arte popular, que son los que dan carácter propio en la vida tradicional a este pueblo. Todos los pueblos se enlazan desde sus puntos de contacto en intercambios culturales con préstamos recíprocamente" (Prólogo a "Arte Popular Vasco" de Peña Santiago, pág. 8).
Como puede observarse en estos dos autores de tendencias endógenas o exógenas existen razones válidas para afirmar en ambos casos lo que afirman aunque habrá que realizar un estudio histórico-artístico más detallado y un razonamiento causal más profundo.
Rasgos propios o heredados
Un investigador y trabajador de campo tan importante como Louis Colas, indicará también en la década de los 20 que el Arte Vasco había suscitado ya numerosas polémicas: "Los unos proclaman su existencia, pero parecen encontrar más dificultades al hablar de sus características, otros niegan hasta su existencia. Yo creo que la cuestión está mal expuesta. ¿Hay un género, una manera, un estilo vasco que le diferencia de los pueblos de su entorno? Hay un estilo vasco, una manera vasca, principalmente en aquello que concierne a los monumentos funerarios" ("La Tombe Basque", pág. 21).
Colas por lo tanto afirma y asegura la existencia de un estilo vasco, pero admite las dificultades a la hora de definir sus rasgos y características propias, cuestión por otra parte más aguda e intensa en el Arte Popular que en el llamado Arte Culto.
Cristina Llanos, pintora y analista de la simbología vasca, indica por el contrario que "raramente existe un arte popular estrictamente autóctono. En todos los pueblos existen puntos de contacto con intercambios culturales y con préstamos recíprocos" (pág. 64). Ciertamente delimitar rasgos e influencias propios y ajenos resulta cuestión harto delicada y compleja, más todavía si cabe en fenómenos artísticos, porque aunque es clara y patente muchas veces la fuente de inspiración e influencia, ¿con qué grado de intensidad se ha producido la misma?, ¿con qué instrumental científico se cuantifica y se ejemplariza la misma? No podemos, sin embargo, dejar de poner algo de esfuerzo en este empeño, que nos lleve a clarificar, si cabe un poco más, este complejo tema.
Función y/o delectación
La función primordial de la Grafía Vasca ha sido en primer lugar la de comunicar o servir como instrumento y vehículo de comunicación de ideas y vivencias, conocimientos y saberes, tanto individuales como colectivos, al igual que lo ha hecho cualquier otro tipo de alfabeto o grafía oriental u occidental: grafías chinas, japonesas, egipcias, griegas, romanas o de cualquier otro pueblo, colectivo o época histórica.
Pero es que además la propia grafía ha servido en sí misma para identificar y connotar a todo un pueblo o colectivo, a una época histórica, como la Baja Edad Media, o convertirse en el símbolo de la modernidad o del romanticismo, tipografía Art Decó y estilo de letra inglesa.
Por otro lado, conviene reseñar desde el primer momento que la función comunicativa lleva inserta e inherente en sí misma características de índole estético y artístico que poseen sus normas propias y están unidas a fenómenos sociológicos de ámbito más amplio y evolutivo.
Es en estos parámetros o niveles de comportamiento en los que conviene situar y estudiar el fenómeno de la Grafía Vasca, tan arraigada y desarrollada en todos los ámbitos actuales de la vida social y política, y que arranca cuanto menos de la Alta Edad Media europea.
El vasco ciertamente ha sido muy dado -al decir de muchos autores y por la constatación objetiva de los hechos- y aficionado a grabar inscripciones y sentencias en los paramentos más visibles de sus construcciones, monumentos u objetos de todo tipo. Y lo ha hecho además con criterios funcionales y artísticos de manera constante y decidida, fieles a una tradición heredada de sus mayores. "El vasco -aseguran los arquitectos Pablo y Jon Zabalo- es respetuoso con la tradición; guarda con veneración los usos y las costumbres que como patrimonio sagrado recibió de sus antepasados. Al mismo tiempo, es progresista y dotado de gran sentido práctico. Gracias a estas dos cualidades, los constructores y grafistas vascos han evolucionado de acuerdo con los tiempos" (pág. 13).
Este aserto, como veremos más adelante, es cierto. No existe un tipo de Grafía Vasca, fijo y rígido, invariable e inmutable, sino que sobre un núcleo original y estándar caben y se han dado a lo largo de la historia múltiples variantes, estilizaciones y deformaciones de una misma tipología gráfica o estructura sígnica. En todo caso, función y delectación, signo de comunicación y de escritura bella en sí misma, siempre han ido y estado íntimamente ligados y unidos, resultando casi imposible, si no es por razones de índole metodológica científica o práctica, su separación y desglose.
Importación y reiteración de las formas
La existencia actual de la Grafía Vasca hoy nadie la pone en duda. Algunas agencias de publicidad y centros informáticos del País Vasco comienzan a diseñar y a ofertar "tipos de caracteres vascos": euskara classic, euskara modern y euskara old. Pero ¿dónde y cuándo surgió este tipo de letra, de qué lugar procede o qué rasgos culturales propios o ajenos posee la misma?
Es el antropólogo Julio Caro Baroja quien en su obra "Los Vascos" se pregunta: ¿por qué toda la especie humana no obra uniformemente?, y es él mismo quien responde de manera sagaz e inteligente que "las preguntas sobre orígenes en ocasiones múltiples, se ha comprobado que contienen en sí una imposibilidad de respuesta única, clara, sencilla, como son las que, en general, se requieren, y a veces una imposibilidad radical de contestación" (pág. 20).
Pero será también el mismo autor quien al final de su obra asegure que "cuando un grupo humano llega a especializarse en la creación de determinados objetos, de determinadas formas artísticas, de suerte que presenten un número bastante regular de rasgos particulares unidos y cuando esta especialización alcanza cierta permanencia en el tiempo y en el espacio, es cuando decimos que tales objetos y formas se ajustan a un estilo" (pág. 454).
Pues bien, como en otro apartado veremos, los rasgos particulares unidos se dan en el caso de la Grafía Vasca, y también la reiteración y permanencia en el tiempo, por lo que hoy nadie duda de la existencia y peculiaridad de la misma.
Pedro Garmendia en su "Arte Decorativo Vasco" manifiesta sagazmente al respecto que "el vasco, después de un período de resistencia, más o menos prolongado, asimila con facilidad toda importación, y cuando ya la ha adaptado, la facultad de conservación que tiene es verdaderamente curiosa. Todas las adquisiciones nuevas se sobreponen y se combinan con las más antiguas sin que éstas desaparezcan completamente" (pág. 148).
Este fenómeno es el que veremos más adelante, indicándose ya de entrada, que resulta sumamente difícil deslindar campos e influencias y sugerir orígenes cuando se trata de superposiciones culturales producidas además de manera diacrónica sobre un mismo "tipo". El problema del surgimiento y evolución posterior es harto complejo y más complejo cuanto más en él se profundiza. Pero, hagamos un recorrido diacrónico, que quizás aclare y objetive un poco más este tema.

Fuente: http://www.euskomedia.org/aunamendi/75100/123046