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lunes, 27 de abril de 2020

EL REFUGIO DE ANDRA MARI DE GERNIKA




Por Xabier Irujo

Fueron 450 las personas que fallecieron bajo los escombros en el refugio de Andra Mari durante el bombardeo de Gernika, por mucho que fuentes del régimen franquista limitaran las víctimas a 45
La pronta utilización en Otxandio de la aviación como arma de terror por parte de Ángel Salas Larrazabal, el 22 de julio de 1936, motivó que tras su constitución en octubre de 1936 el Gobierno vasco decretara la construcción de refugios antiaéreos en todas las poblaciones vascas, aunque muchas de ellas, como la propia Gernika, no tuvieran ningún interés militar o estratégico.
José Labauria, alcalde de Gernika, confirmó que se construyeron seis refugios municipales y que existían muchos otros privados. Otros seis refugios estaban en vías de construcción en abril de 1937. Tal como afirmó Castor Uriarte, arquitecto municipal de Gernika y responsable de la construcción de los refugios públicos, dotado de dos entradas por Artekale y Barrenkale, el refugio de Andra Mari tenía cuarenta metros de largo y era tan ancho como la propia calle, que podemos estimar en un mínimo de 3,65 metros, de modo que el dicho refugio tenía un área total de al menos 146 metros cuadrados. Como en otros refugios, los troncos de pino utilizados como pilares eran de 2,5 metros de altura y unos 35 centímetros de diámetro. Las vigas eran del mismo diámetro. Uriarte ordenó construir unas traviesas de pino, que apoyadas en los gruesos muros de piedra de las fachadas opuestas de la calle de Andra Mari, sustentarían el techo de dicho refugio consistente en cinco placas de acero de cinco milímetros cada una y, sobre estas, dos capas de sacos de arena.
Pero las planchas de metal no llegaron a tiempo, por lo que el 26 de abril la única protección que el refugio de Andra Mari ofrecía era la de la techumbre de sacos terreros.
  
Tal como expresó Labauria, quien ordenó la construcción de dicho refugio, este tenía capacidad para albergar a 450 personas. Era posiblemente el mayor de los refugios de la villa. Sebastián Uria, uno de los pocos supervivientes de dicho refugio, afirmó que “[el refugio de Andra Mari] estaba abarrotado de gente. Estaban de pie, como sardinas en lata”. Esto mismo testificaron Juan Ibai y Uxua Makazaga, quienes buscaron refugio en Andra Mari pero, al no poder entrar por la cantidad de gente que allí había, tuvieron que dirigirse a otro refugio.
Teniendo en cuenta que se trató de un bombardeo de terror cuyo objetivo era provocar el mayor grado de destrucción, el núcleo urbano de la villa y no el polígono industrial fue la única zona castigada por las bombas. Durante el bombardeo cayeron directamente sobre el refugio de Andra Mari al menos dos bombas de 250 kilogramos Aparte de estos dos impactos directos cayeron sobre el núcleo urbano de Gernika hasta un total de 41 toneladas de bombas destructoras de 50 kilogramos e incendiarias.
La velocidad de crucero de los Junker Ju52 era de unos 190 km/h, de modo que, volando a 800 metros, los bombarderos tuvieron que soltar su carga 674 metros antes de llegar al núcleo urbano. Las bombas de 250 kilogramos tardarían unos 14 segundos en impactar y lo harían a una velocidad de 450 kilómetros por hora. A esa velocidad estas bombas eran capaces de horadar hasta seis plantas en un edificio antiguo con estructura interior de madera, “penetrando en los edificios como cuchillos”. En calles estrechas el efecto de las bombas era aún mayor debido a la presión del aire expelido por la deflagración razón por la que los refugios construidos en los sótanos quedaban a menudo enterrados bajo los escombros. Además, tenían espoleta de efecto retardado, utilizadas preferentemente para bombardeos a baja altura como el de aquel día. La idea era activar un efecto retardado de uno o dos segundos a fin de dar tiempo a la bomba a explotar una vez hubiera atravesado totalmente un edificio de tres plantas. Al explotar a nivel de suelo, el efecto destructivo de la explosión en el conjunto de la edificación era mucho mayor.
ENTERRADOS VIVOS. Como resultado de la deflagración, la techumbre de sacos así como la estructura de madera que la sustentaba se derrumbó sobre las víctimas desde una altura de tres pisos. Junto con todo este material, también se derrumbó sobre estas personas parte de las fachadas a ambos lados de la calle. Aquellos que sobrevivieron a la detonación y al derrumbamiento del refugio, fueron enterrados vivos bajos miles de kilos de escombros. A un mismo tiempo, el fuego provocado por las bombas incendiarias fue progresivamente avanzando sobre las ruinas del refugio, matando a los supervivientes por asfixia o incinerándolos vivos, bajo tierra. Labauria, que estuvo sobre el refugio procurando rescatar a personas con vida, afirmó sin ambages que “los que estaban en el refugio situado entre Artekale y Barrenkale (cabían en él unas 450 personas) fueron muertos todos, a consecuencia de una bomba que cayó en la carnicería Ribera y derribó el edificio a cuyo costado estaba adosado el refugio, desplomándose este sobre los allí refugiados”. Joxe Iturria, que también estuvo sobre dicho refugio procurando salvar a los supervivientes, afirmó asimismo que allí murieron unas 500 personas, todos los que quedaron enterrados bajo las ruinas.
Mercedes Irala describió el trabajo de los gudaris y voluntarios sobre las ruinas del refugio y los gudaris Joseba Elosegi y Sabin Apraiz confirmaron que el fuego se extendió antes de que pudiesen terminar de desescombrar, cuando aún se oían gritos provenientes de entre las ruinas en diversas partes del centro urbano. El testimonio de Federico Iraeta es desgarrador: “Entonces empecé a mirar por todos los refugios donde aún se oía a la gente y se sabía que seguían vivos. Fui al refugio de Andra Mari y comencé a buscar entre los escombros. Entonces vi que algo que se movía. Eran unas piernas humanas. Parecían las piernas de una niña. El resto del cuerpo quedó atrapado bajo enormes montones de piedra y ladrillo. Era imposible hacer nada. Cuando me di cuenta de todo esto, me di la vuelta y eché a correr. No podía seguir la búsqueda. No podía soportarlo más. No comí ni dormí durante tres días”.
Los gudaris José Ramón Urtiaga y Kaxtor Amunarriz así como Carmen Zabaljauregi y Francisca Arriaga confirmaron que aún al día siguiente no se había podido desescombrar el refugio de Andra Mari, ni por tanto rescatar a los supervivientes y que aún era posible oír los gritos de las personas enterradas bajo los escombros. Según el testimonio de María Medinabeitia, cuya madre murió en el refugio de Andra Mari sin que su cuerpo fuera nunca recuperado, en dicho refugio perdieron la vida todos excepto un niño.
No obstante todo esto, se ha repetido hasta la saciedad que en el refugio de Andra Mari perdieron la vida 45 personas. La razón de este número se encuentra en el testimonio de Jesús María Obieta, del 13 de julio de 1937, incluido en el Informe Herrán, quien afirmó que “en un refugio sin nombre se encontraron 45 cadáveres”. Esto no significa que perdiesen la vida 45 personas, sino que fueron rescatados 45 cuerpos sin vida. Obieta no se refiere al refugio de Andra Mari, que era uno de los pocos refugios con nombre, sino, obviamente, a otro refugio, uno que no tenía nombre. Por último, es preciso tener en cuenta que el Informe Herrán es un panfleto propagandístico del régimen franquista, publicado únicamente en inglés para ser distribuido en el Reino Unido en el cual se concluye que la destrucción de Gernika se debió a la tea incendiaria de los gudaris en retirada.
TRADUCCIÓN EQUÍVOCA. Más concretamente, el origen de la confusión parte de una traducción equívoca de Jesús Salas. En las tres ediciones de su libro sobre el bombardeo de Gernika este autor traduce el original inglés de la página 24 del referido panfleto de 1937 que literalmente dice “in a certain unnamed shelter were found forty-five dead persons” como “en un refugio sin terminar se encontraron 45 muertos” (página 196 de la edición de su obra de 1987). Una forma ciertamente sutil de mentir. Salas era perfectamente consciente de que traduciendo “sin nombre” por “sin terminar” induciría al lector a identificar este refugio con el de Andra Mari ya que, si bien no era el único refugio sin terminar en abril de 1937, era el mayor de todos y al cual todos hacían referencia como inacabado. Y así ha sido: numerosos autores han manifestado, sin ser conscientes de todo lo anterior que “en Andra Mari murieron 45 personas”.
Para más inri, en abierta contradicción con el testimonio de Obieta, que repito está incluido en el propio Informe Herrán de 1937, este opúsculo documenta en las páginas 51 a 54 la recuperación de tan sólo 22 cuerpos sin vida del refugio de Andra Mari, de los cuales sólo cinco pudieron ser identificados y sabemos que uno de ellos, Felipe Bastarretxea, no murió en Andra Mari.
Al margen de la naturaleza, falta de coherencia y dudosa credibilidad del Informe Herrán, afirmar que en dicho refugio perdieron la vida 45 personas es totalmente irracional. Significaría afirmar que la inmensa mayoría de las personas de un refugio que tenía por única protección una techumbre hecha de vigas de madera y sacos de arena, que sufrió el impacto directo de dos bombas de 250 kilogramos y muchas otras de 50 kilogramos sobrevivió al estallido. Significaría, asimismo, aceptar que sobrevivieron también al subsecuente derrumbamiento del techo de dicho refugio y de parte de las fachadas de los edificios de alrededor, que se desplomaron sobre dichas personas. Y, finalmente, significaría, asimismo, que, tras haber sido enterradas, sobrevivieron al fuego que devoró las ruinas y, fundamentalmente, que lograron salir de debajo de las ruinas con vida sin que el escombro fuese retirado al menos hasta meses después de aquel 26 de abril.
Desde un punto de vista historiográfico es incorrecto manipular las fuentes históricas. Asimismo, es sumamente impropio omitir testimonios, adulterar traducciones, utilizar fuentes de patente ideología falangista sin contrastarlas debidamente y, fundamentalmente, descalificar sin motivo ni razonamiento científico alguno a los testigos presenciales que como José Labauria, Joxe Iturria y María Medinabeitia testificaron que allí murieron más de 450 personas.
Reducir de este modo tan prosaico el cómputo de víctimas mortales con el fin de desfigurar la naturaleza y reducir la dimensión material del bombardeo de Gernika trasciende con mucho el terreno de lo historiográfico: es éticamente reprobable.

Fuente :https://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2016/06/el-refugio-de-andra-mari-de-gernika.html

GERNIKA EL DÍA DESPUÉS, 27 DE ABRIL DE 1937

Por Xabier Irujo
Los reporteros internacionales George Steer, Mathieu Corman y Noel Monks volvieron a Gernika un día después del bombardeo para comprobar el horror del ataque fascista
"Esa noche me senté fuera y podía ver toda la villa de Gernika y los fuegos que cada vez eran más grandes. Mi padre estaba sentado en la campa que había sobre la casa, observando el fuego. Me senté a su lado. Vimos las llamas crecer constantemente, ascendiendo hacia el cielo. Pero mi padre no dijo nada hasta que la luna empezó a salir por detrás de los montes. Hoy la luna será roja, dijo. Miré a la luna y después me detuve de nuevo observando los fuegos. Estuvimos sentados allí durante mucho tiempo y éste es uno de los últimos recuerdos que tengo de él. Murió dos meses después. Los fuegos todavía ardían cuando nos acostamos. Y la luna estaba roja".
Así recordaba Pedro Gezuraga aquella noche.
La mañana del 27 de abril, mientras desayunaban en el Hotel Carlton, los reporteros internacionales que habían estado en Gernika escuchaban Radio Sevilla. Para su sorpresa, desde Burgos y también desde Roma y Berlín se negó que Gernika había sido bombardeada. Y, recordaba Noel Monks, "luego cayó la última gota, ésta para mí. Estábamos sentados alrededor de una radio en la sede de la presidencia escuchando al general Queipo de Llano haciendo una de sus viles referencias a las mujeres de Madrid, diciéndoles, en detalle, lo que podían esperar de los moros. De pronto pasó a Gernika. "Ese señor Monks", dijo con voz ronca, "no creo lo que ha escrito de Gernika. Todo el tiempo que estuvo con nuestras fuerzas estaba borracho".
Los reporteros no le dieron importancia, pero a los pocos minutos Monks recibió una llamada de Londres. Era el director del Daily Express, Lord Beaverbrook: "Queipo de Llano dice que los rojos dinamitaron Gernika en su retirada. Por favor, verificar lo más pronto posible. Por favor, ¡verificar! Aquello sentó como una bomba. Nos trataron de desacreditar como mentirosos", escribió Monks.
Y los tres reporteros, George Steer, Mathieu Corman y Noel Monks volvieron a Gernika al amanecer. La villa estaba gris y nublada y los focos de fuego humeante aún ardían. Tardarían tres días en ser sofocados. Monks había sido reportero en la Guerra de Abisinia, pero lo que vio aquella mañana sombría le impactó para el resto de su vida. Cadáveres mutilados y desgarrados, algunos quemados, otros acribillados por las balas, Gernika estaba impregnada de un terrible olor a carne calcinada. "Un espectáculo que me acosó durante semanas –escribiría posteriormente– fue el de los cuerpos carbonizados de cincuenta mujeres y niños amontonados en lo que había sido el sótano de una casa".
Tal como señaló el gudari Juan Sistiaga, aquella mañana, lo más duro para la gente era no saber si sus familiares estaban vivos o muertos, y vagaban en silencio, buscándolos entre las ruinas de lo que habían sido sus hogares, mientras trataban de digerir la angustia y el temor de encontrarlos muertos. Muchos nunca los encontrarían, ni tan siquiera sus cuerpos. Algunos, como Federico Iraeta, no pudieron dormir. "Busqué entre los cadáveres que estaban fuera de la villa y que todavía no habían sido retirados. Había muchos. Algunos estaban tumbados boca arriba, con los ojos abiertos; les di la vuelta para que no se vieran tan horribles. Ni mi esposa ni mi hijo estaban entre ellos. Entonces empecé a mirar por todos los refugios donde aún se oía a la gente y se sabía que seguían vivos. Fui al refugio de Andra Mari y comencé a buscar entre los escombros. Entonces vi algo que se movía. Eran unas piernas humanas. Parecían las piernas de una niña. El resto del cuerpo había quedado atrapado bajo enormes montones de piedra y ladrillo. Era imposible hacer nada. Cuando me di cuenta de todo esto, me di la vuelta y eché a correr. No podía seguir la búsqueda. No podía soportarlo más". Cuando Carmen Zabaljauregi pasaba por delante de lo que había sido el restaurante Iruña, se detuvo. En medio del silencio que reinaba en Gernika, "pudimos oír unos gemidos que procedían de un edificio en ruinas. Todavía había gente viva allí. Aquello era horrible, peor aún que el propio bombardeo". Francisca Arriaga también recordaba que "oía los gritos que provenían de los refugios. Todavía había algunas personas con vida, bajo los escombros. Había montañas de material sobre ellos. Habría sido imposible sacarlos. Preferiría morir que vivir ese horror una vez más".
Los gudaris, tratando de rescatar a las personas que habían sido enterradas con vida y recuperando los cuerpos o los fragmentos de cuerpos de las que habían muerto, estaban rodeados de los familiares de estas personas que los apremiaban, gimiendo, llorando, rogando. Habiendo trabajado toda la noche, tenían los nervios destrozados y a algunos se les habían desgarrado las uñas o quemado las palmas de las manos; y Monks los vio llorar de impotencia. Uno de ellos era Sabin Apraiz. "Fui al refugio de la calle Andra Mari que se encontraba totalmente cubierto por los escombros. El fuego ardía muy cerca, pero la gente se esforzaba desesperadamente por sacar a los que estaban atrapados. Me uní a los que trabajaban, pero era desesperante. Oíamos a la gente bajo los escombros, los cuales nos llamaban y gemían, y trabajábamos todo lo que podíamos. Pero había demasiados restos sobre ellos y el fuego se aproximaba. Al final tuvimos que abandonarlos". Murieron cocidos bajo las ruinas, en una total oscuridad. Habían transcurrido más de doce horas desde que el último avión abandonó Gernika.
Frente al humeante hospital del Asilo Calzada se habían alineado los cuerpos de 42 gudaris y diez enfermeras. "No tuvieron oportunidad alguna", escribió Monks. Andresa Idoiaga buscaba a su hermano. Fue al hospital pero no estaba allí. Buscó "entre los cadáveres esparcidos por toda la villa", pero muchos de ellos habían sido recogidos y trasladados al cementerio. Andresa Zumeta vio las "filas de cuerpos alineados allí. Algunos eran fáciles de identificar, pero otros no. Recuerdo a una mujer alta de Arra-tzu a quien había conocido muy bien. Al principio pensé que llevaba guantes. Pero el color púrpura se debía a que había muerto por asfixia". Más tarde esa mañana alguien le dijo a la suegra de Idoiaga que habían visto a su yerno entre los muertos. "Entonces, ella sola, fue a su casa, tomó un carro y fue al cementerio. Lo trajo a nuestro pueblo y lo enterramos allí".
Por efecto de las explosiones, gran parte de la metralla, cascotes y restos humanos habían sido expulsados con fuerza hacia arriba, por lo que partes de estos cuerpos colgaban de los árboles u otras zonas altas de las estrechas calles del centro urbano y de las ramas de los árboles; otros fragmentos se habían adherido a las paredes o simplemente yacían esparcidos por el suelo. El padre Pedro Mentxaka recordaba que "las tejas, los restos de vigas humeantes mezclados con miembros de cuerpos destrozados (2.000 personas) formaban un cuadro que superaba el infierno de Dante". Se ordenó recoger los restos humanos, con cestos, y quemarlos en la plaza de San Juan Ibarra, que ofrecía un aspecto macabro.
Los caminos estuvieron durante todo el día ocupados por largas colas de refugiados que llevaban consigo las pocas pertenencias que habían podido salvar de las llamas. Iban en dirección a Bilbao, algunos de ellos con la esperanza de reencontrarse allí con sus seres queridos. Muchos de ellos serían ametrallados por los aviones de caza durante el camino. Felisa Urgane era una de estas personas. Tenía cuatro hijas. Cuando abandonaba Gernika con tres de sus hijas se oyeron algunos disparos "y un gudari se ofreció a ayudarme llevando a mi hija menor al otro lado de la calle. Mientras cruzaban, fueron ametrallados y ella recibió un balazo en la pierna. Sangraba profusamente. La tomé en mis brazos y traté de consolarla hasta que trajeron una camilla. Se la llevaron y procuré seguirlos, pero las calles estaban llenas de obstáculos. No podía mantener el ritmo y en la confusión perdí a una de las chicas. Estaba fuera de mí. Quería seguir con mi hija herida, pero también quería encontrar a la que se había perdido. La busqué desesperadamente pero no pude dar con ella. Al fin tomé el camino de Lumo, tratando de encontrar a la que había sido herida. Vi la camilla y corrí hacia los gudaris pero ellos cubrieron el rostro de mi hija. No me dejaron verla. Así tomé el camino de Bilbao con la única hija que aún estaba conmigo. Me sentía totalmente confusa. Dos meses más tarde la encontramos. Mi otra hija había muerto, identificamos su foto en una oficina en Bilbao".
Al mediodía, Monks volvió a Bilbao y escribió su artículo. Conocía Gernika. Había estado allí un día antes del bombardeo comiendo con unos amigos. Uno de ellos estaba preocupado porque alguien le había dicho que el Papa excomulgaría a los vascos que no se habían posicionado con Franco. Pero –escribió Monks– su ansiedad había cesado "cuando lo vi al día siguiente. Estaba tendido a pocos metros de lo que había sido su casa, como una masa irreconocible, enmarañada, de carne humana. Una mano se aferraba a lo que parecía ser un montón de harapos. Su esposa había estado dentro de esos trapos cuando las bombas comenzaron a caer. Y pedazos de ella estaban esparcidos sobre los adoquines".
Tal como informó Monks para Paris Soir y el Daily Express, "acabo de volver de Gernika. Puedo jurar que los aviadores alemanes al servicio de Franco bombardearon Gernika. Vi cuerpos en los campos, alcanzados por balas de ametralladoras. Vi 600 cadáveres. Enfermeras, niños, labriegos, ancianas, niñas, ancianos, bebés. Todos muertos, destrozados y mutilados". Y exigió a Lord Beaverbrook que su artículo fuera publicado con una reproducción del telegrama en el cual figuraba la negación de Franco y que se reprodujera su firma autógrafa, de puño y letra, para que el mundo supiera que decía la verdad porque, simplemente, había descrito lo que había visto. Pero, a pesar de todo, hay quien sigue repitiendo hoy la misma vieja mentira de entonces, que en Gernika murieron menos de 1.654 personas. Y cada vez que lo hacen, Queipo de Llano se ríe desde su tumba.

domingo, 26 de abril de 2020

83 ANIVERSARIO DEL BOMBARDEO DE GERNIKA ~ GERNIKAKO BONBEKETA 83. URTEURRENA

En este día en que nuestros pensamientos nos llevan a Gernika, recordamos de manera especial a quienes padecieron de manera directa las consecuencias del bombardeo y al pueblo vasco,  que sufrió los horrores de la guerra y les proponemos compartir una canción de Ken Zazpi y un vídeo que sin dudas nos ayudarán a reflexionar.




miércoles, 4 de septiembre de 2019

PRESENTACIÓN DE UN NUEVO LIBRO DE LA EDITORIAL VASCA EKIN

XABIER IRUJO PRESENTÓ EN LIZARRAENEA, SEDE DE LA EDITORIAL VASCA EKIN, SU LIBRO "778. LA BATALLA DE ERROZABAL. DE LA CRÓNICA AL CANTAR" 




En el marco de la presentación del libro "778. La batalla de Errozabal. De la crónica al cantar", su autor, el historiador Xabier Irujo, ofreció una charla en la que se refirió al tema, contraponiendo argumentos que se han sostenido en el tiempo y que en opinión del autor no responden a lo que verdaderamente sucedió. Para demostrarlo se valió de crónicas de época, que contradicen claramente lo relatado en la “Chanson de Roland”.
A lo largo de la conferencia se puso el acento en ideas que se han tratado de imponer. Es por ello que Xabier Irujo hizo hincapié en que lejos de ser una simple escaramuza se trató de una batalla campal y que los vascones no se limitaron a atacar tan solo la retaguardia, sino que la ofensiva afectó a la totalidad del ejército carolingio, lo cual implicó enfrentarse a dos legiones integradas por un total de 20.000 soldados.
Así mismo, quedó en claro que el enfrentamiento tuvo lugar a lo largo de los varios kilómetros de la vía que unía Iruñea con Luzaide. Ésto contradice la idea sostenida por mucho tiempo de que ocurrió en un lugar concreto del paso de montaña.
La participación de musulmanes también fue desmentida por el autor. La inclusión que se ha hecho en el relato tiene que ver con la mención que se hace de ellos en el cantar conocido como la “Chanson de Roland”. En este punto, opina que es necesario distinguir que una cosa es lo que se menciona en el cantar, que es una pieza literaria, y otra las fuentes históricas. En este sentido, ni en las crónicas francas, ni en las árabes, se hace referencia a musulmanes como participantes en la batalla. Si puede darse por válido la presencia de los vascones provenientes de ambas vertientes de los Pirineos.
La tergiversación de los hechos sin dudas puede tener que ver con la necesidad de evitar mostrar a Carlomagno huyendo del campo de batalla.
Xabier Irujo subrayó así mismo la importancia de las fuentes históricas consultadas y los hallazgos arqueológicos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, que permitieron identificar el campo de batalla en el llano de Errozabal. Este punto es sumamente importante ya que ha sido uno de los más discutidos por los investigadores.
Si bien tradicionalmente se la denominó “batalla de Orreaga”, el nombre Roncesvalles procede de Errozabal, o llanada de Erro, la zona cercana a Ibañeta y al puerto de Zize. Es allí donde se debió producir la parte más cruenta de batalla.

Es importante señalar que lo expuesto fue prolija y minuciosamente explicado a partir de lo dicho por cronistas y de mapas, lo cual deja en evidencia que la investigación fue llevada a cabo a partir de fuentes que avalan lo sostenido.


En el marco de esta  exquisita actividad cultural, contamos con su autor, Xabier Irujo, con funcionarios de EJ-GV: el Director de Relaciones para la Comunidad Vasca en el Exterior Gorka Álvarez Aranburu, el Responsable del Patrimonio Cultural Mikel Aizpuru Murua y la Delegada para la Argentina y Mercosur Sara Pagola Aizpiri; con la Catedrática de la Universidad de Kansai Gaidai Osaka Japón Junko Arantzazu Kajita de Sasaki, el Representante de Euskal Echea Enrique de Fagoaga, representantes de FEVA Elba Mocoroa y Marisu Mendizabal, amigos y socios en nutrida concurrencia. Así mismo se encontraban también presentes María Echevarne, Rosa Misciagna, Verónica Iriarte y Mario Arraga, directivos de Eusko Kultur Etxea, entidad hermana de la Editorial Vasca Ekin.



Vistas  parciales que presentaba el salón de Lizarraenea al momento de iniciarse la presentación. Entre las personas presentes se encontraba también Sara Pagola Aizpiri, Delegada del Gobierno Vasco, de la Comunidad Autónoma de Euskadi. 

Exhibidor del libro presentado 
Entre los presentes se encontraban Gorka Alvarez Aranburu, Director de 
Relaciones para la Comunidad Vasca del Exterior, Mikel Aizpuru  Murua,
 Responsable del Patrimonio Cultural. En la imagen con la  Directora 
de la Editorial Vasca Ekin y lehendakeri de Eusko Kultur Etxea, María Elena 
Etcheverry de Irujo Ollo.
Xabier Irujo, autor del libro, en dos momentos de la presentación.

 
En la imagen, Gorka Alvarez Aranburu, Director de Relaciones para la Comunidad Vasca del Exterior, Mikel Aizpuru Murua, Responsable del Patrimonio Cultural, la Directora de la Editorial Vasca Ekin y lehendakeri de Eusko Kultur Etxe, María Elena Etcheverry de Irujo Ollo, Xabier Irujo, Fernanda Jauregiberry y Junko Arantzazu Kajita de Sasaki, Catedrática de la Universidad Kansai Gaidai de Osaka, Japón.

Una vez concluída la presentación, se sirvió un vino de honor. Del mismo participaron los presentes. Las imágenes que siguen a continuación reflejan lo compartido en ese momento.